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26 de junio: desobediencia es dignidad

Toda masacre es una confesión del fundamento que organiza el orden. El asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán -como el posterior asesinato de Mariano Ferreyra- revelan la persistencia del terrorismo de estado, violencia represiva que se activa cada vez que la participación popular osa transgredir el límite que implica el cuestionamiento a la propiedad privada concentrada. El mejor documento para entender la coyuntura de la Masacre de Avellaneda sigue siendo el libro Darío y Maxi, dignidad piquetera, escrito por el Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón. Allí se describe el dispositivo represivo en todos sus niveles:
– Los voceros del poder económico (Eduardo Escasany, presidente de la Asociación de Bancos de la República Argentina, y Enrique Crotto, presidente de la Sociedad Rural) exigían la normalización represiva del país.
– El arco político, comenzando por el presidente Eduardo Duhalde y su secretario de Seguridad Juan José Álvarez junto a los gobernadores del peronismo, pedían pacificación.
– El aparato de seguridad (Gendarmería, Prefectura, Policía Federal y Bonaerense), actuó con un rostro legal y otro clandestino. La cacería de la estación estuvo a cargo de modo directo del Comisario Inspector Alfredo Luis Fanchiotti, quien luego de disparar sobre Darío y Maxi difundió la versión–acordada antes y avalada luego por todo el gobierno- de que los piqueteros se habían “matado entre ellos”.
– Los grandes medios de comunicación no dejaron de difundir la infamia.
La lucha piquetera de aquellos años forma parte de una conversación entre las desobediencias de todas las épocas. La historicidad de un contrapoder no consiste en repetir tácticas o lenguajes de contextos diferentes, sino que los actualiza y traduce en base a nuevos medios, renovando procesos de insumisión en el entero cuerpo social. Se trata de una tentativa siempre abierta por dotar de una sensibilidad común a todo aquello que no cabe de nosotros en el presente. Tanto para poner límites a la desposesión material y subjetiva, como para ensayar nuevas formas de tomar decisiones colectivas.
A diferencia de quienes prometen un futuro, las desobediencias arraigan en un sentimiento exclusivamente actual: el de la dignidad.
Diego Sztulwark