Soledad Tordini – Colectivo La Tribu – 12 de febrero de 2007
El último año de la década del 70, apareció CADA para convertir las calles chilenas en museos itinerantes, la sociedad en un enorme colectivo de artistas y la vida en una obra de arte. Sus propuestas artísticas hablaron en nombre de los ciudadanos que rechazaban la dictadura militar y sus políticas que en esos años habían sido implementadas en Chile.
El 11 de septiembre de 1973 los sueños socialistas de América Latina morían junto con Salvador Allende y Augusto Pinochet daba comienzo al período más siniestramente negro de la historia de Chile. Armada hasta los dientes de persecusión, censura y pólvora, la dictadura desplegó su cuerpo totalitario sobre la vida cotidiana de este país vallando los aspectos políticos, económicos, sociales y culturales. En este último aspecto, la dictadura chilena, a través del terror, se propuso romper con el desarrollo de las distintas expresiones artísticas que hasta ese momento se enredaban allí en la cultura.
El levantamiento del CADA responde no sólo a la oposición al gobierno militar y su sustento político- económico, sino también a la institucionalización del arte. Fue tanto una respuesta a la necesidad de renovación de la teoría y práctica del campo del arte y la cultura como a una necesidad política de involucrar activamente a la ciudadanía, de motorizar y movilizar las sensibilidades que despertaba el rechazo. Una posibilidad de resurrección de la fusión entre arte y vida, un grito para disolver las murallas que separaban la actividad del artista del cuerpo social.
Desde la poesía, las artes visuales y la sociología, Fernando Balcells, Raúl Zurita, Diamela Eltit, Lotty Rosenfeld y Juan Castillo intervinieron las calles convirtiéndolas en museos nómadas. Esta práctica de ocupación del espacio público habla, por un lado, de la negación de las instituciones artísticas como símbolos del oficialismo cultural (hay una intención de abolir las “divisiones que incomunican al arte” a partir del alejamiento del arte de su carácter privado). Por otro lado, cuando la calle se convierte en espacio de exhibición, el tránsito citadino de los habitantes se transforma en “la nueva obra de arte a contemplar”. Duchamp, desde el dadaísmo, ya había postulado al espectador como hacedor del cuadro, como pìeza fundamental necesaria para completar el proceso creador que se instaura desde el nacimiento de la obra y que sólo adquiere forma y plena existencia como tal en su vínculo con él, aunque el mismo vínculo la modifique en una obra distinta a la imaginada por su creador. Para el Colectivo de Acciones de Arte, “cada hombre que trabaja por la ampliación, aunque sea mental, de sus espacios de vida, es una artista”.
Para no morir de hambre en el arte, fue una de las acciones más importantes que realizaron y cubrió con una gran tela blanca el frente del Museo Nacional de Bellas Artes para censurarlo al mismo tiempo que 10 camiones repartían botellas de leche a la población. En otra ocasión una avioneta lanzó 400 mil panfletos desde el cielo con la insripción Ay, Sudamérica y un día diferente, las paredes de Santiago amanecieron a los gritos diciendo No + Violencia. En nombre del grupo, también, Lotty Rosenfeld, trazó cruces con pintura blanca sobre las líneas continuas de separación víal de la Avenida Panamericana aludiendo a los desaparecidos de la dictadura en la acción 200mil millas de cruces en el pavimento.
Aunque la vida de este grupo fue corta marcaron un punto de inflexión en la cultura chilena al urgar, reencontrar y reinventar aquellos territorios a los que la represión les puso cerrojo.


